Armeñime nació cuando el tiempo aún no tenía nombre. Fue el templado lugar donde moraba la tibia luz y los horizontes se mostraban siempre transparentes. Ya el sabio aborigen lo eligió para pasar sus inviernos por sus llanos apacibles, sus barrancos y morritos que siempre ofrecían un abrigo o una atalaya conveniente.
Armeñime está en el camino del Sol. En su incansable viaje estacional pinta líneas de luz en la existencia dorando laderas, llanos, cosechas y gentes. Desde que nace por el Roque del Conde hasta que se zambulle en el océano alienta los sueños de los de Armeñime. Cada día susurra una historia distinta a las durmientes siluetas pétreas de las islas vecinas. Al Hierro le cuenta historias de invierno cuando la tormenta no apaga su voz. A la Gomera le recita coplas primaverales perfumadas de almendro o sonetos de otoño con olor a castañas. Y a La Palma le regala las fiestas alegres de las interminables tardes del verano.
Armeñime y su Sol atrajeron a gentes valientes, perseverantes y deseosas de una vida mejor. Primero medianeros del Norte, luego pastores de Gran Canaria, algo más tarde alegres gomeros y algún que otro palmero emprendedor. Con sus sueños e ilusiones a la espalda pintaron el paisaje con colores agrícolas que fue su primera razón de ser. Pero siempre bajo el sol, a veces ardiente y otras compasivo. Pero siempre a merced del viento, a veces del levante abrasador y otras del poniente tempestuoso. Pero siempre la suave brisa de las tardes tranquilas les dejó tiempo para sentarse a mirar al mar y su horizonte para tejer nuevos destinos.
Pero cada ser paga el esfuerzo de alcanzar pequeños logros, logros necesarios para sentar las piedras del camino que lleva a cumplir los sueños del alma. Y en cada cuerpo se graba a fuego la impronta de largos años de trabajo sacrificado. Tantas manos cuarteadas y endurecidas de las astillas y las fibras para amarrar miles de cañas. Tantas espaldas dobladas acarreando cajas de tomates. Tantas columnas doloridas de tanto cargar a la cabeza. Tantos brazos extenuados de virar surcos con las azadas. Tantas rodillas quebradas de ir de mar a cumbre y de levante a poniente por pedregosos senderos. Tantos alientos envenenados del azufre al sulfatar la tomatera. Tantos niños criados junto a la choza de la huerta entre las cuatro tablas de un cajón de madera. Tantos raboburros picando en los calcetines y tantos chiratos prendidos en el alma. Tantos momentos entregados para pagar sueños que cambien un destino. Y otros tantos tantos que ya son difíciles de recordar.
Ellos fueron la semilla del Armeñime de hoy. Dibujaron la personalidad de un barrio colorido y cosmopolita. Orgulloso de sí mismo y de ser diferente a los de su alrededor. Gentes entusiastas y alegres, rebosantes de creatividad y pasión por vivir. Cada cual a su ritmo, cada cual a su manera. Tolerantes con el diferente y solidarios con el vecino. Sin complejos por mirar al frente. Deseosos de nuevos retos. Siempre dispuestos a acoger nuevos seres de mundos lejanos para seguir creciendo. Porque es únicamente en Armeñime donde el Sol permite seguir soñando con la libertad de poder mirar al horizonte con la cabeza alta. Aunque esa mirada no debería olvidar nunca de dónde venimos para poder elegir con certeza a dónde vamos…
*Dedicado con todo el cariño y admiración a todos los vecinos que con su incansable esfuerzo construyeron el Armeñime que hoy todos conocemos. Mayo 2010
Descripción, narración, poesía...bañado todo en un mar de sentimientos y amasado con manos de artista.
ResponderEliminarDa conocimientos y arranca lágrimas, con un final prueba de madurez y humanidad.
Si yo fuese pueblo me sentiría absolutamente protegida por tu amor.
Un beso.
Gracias Laly!! Buenas maestras que tuvo uno :-)
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